domingo, 16 de enero de 2011

Día 2: Un día con Mami Oishi (11/01/2011).

En nuestro primer día en Tokyo quedamos con una ama de casa japonesa llamada Mami Oishi, con quien contactamos a través de www.tokyofreeguide.com. Mami, de manera voluntaria, se prestó a pasar el día con nosotros enseñándonos los rincones de la ciudad que a ella más le gustaban.

La primera parada fueron los alrededores del mercado de pescado de Tsukiji, donde desayunamos un delicioso surtido de nigiris de atún. Los rincones de este mercado resultan francamente cautivadores, aunque sus sabores y olores no están hechos para todos los gustos.
Foto: Nuestro desayuno: surtido de sushi de atún.


Foto: Alrededores de Tsukiji.
Tras coger fuerzas Mami nos llevó a uno de los templos más famosos de Japón, el Senso-ji y nos explicó por encima sus rituales. Como es común en estos casos, el tufillo comercial eclipsaba el lado espiritual.
Foto: Entrada al recinto de Senso-ji.


Foto: Templo de Senso-ji.
Viendo nuestro poco agrado por las zonas turísticas la señora Oishi nos condujo a un barrio cercano donde los restaurantes se surten de material, incluyendo las fieles y caras reproducciones de comida hechas a base de plástico destinadas a los escaparates. 
Foto: Reproducciones de comida de plástico.
De camino topamos con uno de los parques de atracciones más antiguo de la ciudad, que parecía estar sacado de una escena de “El castillo Ambulante”. 
Foto: Parque de atracciones.
En esta zona nos detuvimos a comer una deliciosa y muy económica sopa de udon con tempura. Según Mami en Tokio se come bien en cualquier esquina, lo que facilita enormemente la labor de encontrar un restaurante. Nosotros empezamos a creerla.
Foto: Sopa de udon con tempura.
Nuestro día con Mami acabó en lo alto de unas torres de Shinjuku, desde donde pudimos apreciar la enormidad de la ciudad desde las alturas. La mujer nos resultó muy simpática y algo despistada, a la que agradecemos que compartiera con nosotros varias anécdotas divertidas y nos enseñara a movernos por el metro.
Foto: Vista desde las torres del gobierno metropolitano de Tokio.

El día terminó pronto en el hotel, llenando el estómago con la insulsa cena gratuita, listos para ganar la batalla al jetlag y afrontar un nuevo día.

Día 1: Viaje y llegada a Tokio (10/01/2011)

Los viajes largos resultan francamente duros física y mentalmente. Llega un momento en el que sientes que no manejas la situación y te dejas llevar. Un control aquí, mira las instrucciones en pantalla, despega, ahora come esto, aterriza, otro control allá, espera sentado, las mismas instrucciones, despega, trágate esto otro, aterriza. La voluntad anulada y tu cabeza pensando en la cama de un hotel en el que nunca has estado.
Foto: Aeropuerto de Doha.
La escala, de más de cinco horas, la hicimos en Doha, capital de los petrodólares. Fue curioso observar cómo el autobús que nos conducía desde el avión de Qatar Airways a la terminal se detuvo para que cruzasen la pista un grupo de jeques caminando. Salían de un palacio que tenían allí construido para amenizar las supongo minúsculas esperas y se dirigían a su avión. Nosotros, un poco más humildes, a punto estuvimos de acceder a la sala VIP del aeropuerto, lo que nos hubiera provisto de comida gratuita y cómodas butacas. No conseguimos entrar porque no viajábamos al mismo destino que quienes nos invitaron. Aún así gracias por intentarlo Alberto.

Por fin, tras otra corta parada en Osaka, llegamos a Narita, donde no sé si gracias o a pesar de nuestro lamentable aspecto recibimos la ayuda de una chica que, sin saber inglés, nos indicó una combinación de trenes a nuestro hotel que nos permitió ahorrarnos unos 70€. Maja chica.

Nuestro hotel es el Weekly Dormy Inn Meguro Por ahora solo diré que tiene buena pinta. Una de sus virtudes es la cena ligera gratuita, y una de las desventajas es el horario de dicha cena, ya que a partir de las 22h te quedas sin ella. Como fue nuestro caso salimos a cenar algo fuera, y no tardamos en comprobar el resultado de combinar restaurantes especializados y cartas ilegibles. Así, nuestra primera elección fue un local donde tras abrir la puerta topamos con varias lenguas de vaca colgando como bienvenida. Especialidad equivocada.

La siguiente opción nos gustó más. Al abrir la puerta recibimos alguna que otra mirada furtiva de los japoneses que estaban sentados en su pequeña barra. Pensamos que si no estaban acostumbrados a los turistas solo podía ser buena señal, así que entramos. Como en la barra no quedaba sitio nos subieron al primer piso, donde un camarero muy simpático que según contó se había recorrido Europa con una mochila hizo muchos esfuerzos por explicarnos lo que tenían. Nosotros íbamos preguntándole por platos que nos gustaban, y a cada plato que no encajaba en su oferta se reía, risas que luego compartía con los de la barra. Al final nos entendimos y nos comimos un delicioso sashimi de erizo, atún con arroz y una sopa típica hecha con un pescado desconocido y piña. Fue una buena elección, como supongo y espero que sean la mayoría en esta ciudad.

Y es que aquí la comida japonesa se llama comida.