miércoles, 18 de mayo de 2011

TAILANDIA. FINAL DE LA AVENTURA.

Si no hubiera finales, no habría principios. Esta obviedad necesita ser recordada cuando uno se enfrenta a la última parada de un viaje tan especial. Para ello elegimos parar en Tailandia de camino a casa. Han sido 8 días de placer en sus contrastes. Bien recomendados, decidimos pasar los primeros dos días en Bangkok para luego encaminarnos a las playas del sur, en la zona de Ao Nang.

Desayunando al lado del hostal.

Puestos de comida por todas partes.

Un tuk-tuk.

Zona de mercadillos para turistas.

Un puesto con "fruta de dragón".

Bangkok es agotadora, y la humedad reinante en estas fechas no ayuda a dulcificar la experiencia. Tampoco la picaresca de sus ciudadanos, cuyos continuos intentos de engaño te hacen estar continuamente alerta. De todas formas, esto no resulta particularmente dramático, ya que, por un lado, tiene su punto divertido, y, por el otro, las cantidades de las que hablamos resultan casi ridículas. 

Hablando de la ciudad en sí, el primer día recorrimos sus canales en una pequeña barca. Lo que pudimos ver en este recorrido de hora y media de duración, fue en su mayor parte decadente, donde la ciudad te muestra como en ningún otro sitio la mezcla entre lo que fue y lo que es. Y por ello fue la mejor experiencia. Comprarle unas cervezas heladas a una señora que se acercó con su barquita mientras al fondo los cocodrilos dominaban el canal, no tiene precio.

Recorriendo los canales en una "long-tail boat".

Un buda tumbado nos mira desde el canal.

Las orillas del canal.

En el sentido más estético del término, el Grand Palace de la ciudad es impresionante. Poco se puede decir que se acerque a describir aquello. En estos casos, es mejor que las fotos hablen, aunque estén hechas con una cámara de móvil.

El Grand Palace.




El segundo día en la ciudad fue una locura de compras y regateos, donde alcanzamos el punto de saturación que nos hizo disfrutar aún más de lo que vendría después. Porque lo que vino fue Ao Nang, y señores, Ao Nang es… Ao Nang.

En la piscina del hotel.

Young coconut!

Somos conscientes de que nuestra experiencia se ha visto potenciada por el maravilloso hotel en el que nos alojamos (Phu pi maan), el buen tiempo que tuvimos, y la poquísima gente que nos encontramos por ser temporada baja en la zona. Ello implicó que cada playa, restaurante o rincón pudo mostrarnos todo su encanto. Al irnos tuvimos claro que vamos a volver, siendo conscientes del riesgo que eso supone frente al recuerdo que nos llevamos.

Railay beach.

Railay beach.

Chiringuito en Railay beach.

Phra Nang Beach.

Ao Nang.

Bamboo Island.

Bamboo Island.

Islas Phi Phi.

Islas Phi Phi, donde hicimos snorkel.




Maya Bay, la playa de "La Playa".

Maya Bay.



Pequeña cala en Ao Nang.

The Last Café (Ao Nang).

Si alguien tiene pensado acercarse pronto por la zona, no puede perderse las playas de Maya Bay, Railay Beach, Ao Nang y Phra Nang. Lo contrario debería ser considerado como delito.

Y esto es todo. Aquí acaba esta aventura, este blog, y esta etapa de nuestra vida. Ahora se abre una nueva e ilusionante etapa, que seguro tiene su parte de aventura, pero dudo que tenga su blog. Aunque nunca se sabe…

Muchas gracias a todos por seguirnos, y ¡hasta pronto!.

Melbourne

Tras una gran semana en Sidney, llegamos a Melbourne, con el plan, a todas luces corto, de pasar allí un par de días.

Polly Woodside.


Un antiguo almacén al lado de Polly Woodside.


Luna Park.

Luna Park.

Melbourne no te enamora a primera vista como su prima y rival Sydney; su atractivo no resulta tan evidente. La ciudad necesita ser vista de otra forma; su encanto no radica en grandes paisajes o edificios, si bien raya a buena altura en ambos. Hay que mirar en sus callejones; en las esquinas de las que Sidney ni se preocupa, Melbourne muestra todo su potencial. Es una ciudad de cultura, moderna como pocas, especial como casi ninguna. La punta de lanza es Brunswick, una calle de los suburbios con una concentración de locales, restaurantes y tiendas con la que Londres, Barcelona o Madrid ni siquiera sueñan. Sólo por esta zona merece la pena la visita.

Brunswick.


Brunswick.

Brunswick.

Un garito de Melbourne.

Chinatown.

Local de música en directo en Brunswick.

Pero hubo más. Coincidió que uno de los dos día fue el Anzac day, día de los veteranos de guerra y fiesta nacional del país. Fue interesante ver su desfile, así como disfrutar de la final de fútbol australiano que tenía a toda la ciudad en vilo. 

Desfile del Anzac Day.

Viendo el partido con Asier.

Disfrutando del desfile.



sábado, 30 de abril de 2011

Sydney

Tras quedarnos sin más cámara que la del móvil, llegamos a Sidney. Allí nos esperaba Asier, con quien todavía no habíamos coincidido pese a haber estado trabajando todos en la zona de Byron Bay.

Con Asier en Chinatown.
Decidimos alquilar un apartamento para los tres durante una semana en Neutral Bay, un tranquilo barrio en la zona norte de la ciudad. Lo bueno de su situación era que para llegar al centro teníamos que pasar el puente de la bahía, dejando a nuestra izquierda el imponente edificio de la ópera.

La ópera de Sidney.
El puente visto desde el ferry.
Sidney es puro espectáculo para los sentidos. Es una ciudad para mirar, para oler el mar y sentir su brisa. La vida se siente ligera, incluso superficial; hedonista.


Circular Quay.
The Rocks.
Playa de Bondi.
Y es una ciudad de dinero. Sus cinco millones de habitantes se distribuyen por multitud de suburbios, cada cual mejor que el anterior. Quienes no viven en edificios antiguos en algún céntrico barrio, lo hacen en chalets cerca de alguna de sus infinitas playas. Es de suponer que tiene zonas deprimidas, pero éstas no se hacen presentes como en cualquier otra ciudad de su tamaño que hayamos conocido.


Barrio de Wooloomoolo.
Reivindicaciones por Wooloomoolo.
Entrando en detalle, una de nuestras actividades más placenteras fue ir en ferry a Manly. Fue un trayecto que repetimos, tanto por las vistas desde la cubierta como por las playas y calas de la zona. Y por qué no decirlo, por Hugo´s, un local de moda situado en el embarcadero, desde donde podías recibir y despedir a los barcos a ritmo de sus refrescantes cervezas y deliciosas pizzas.
Manly.
Piscina en las rocas.
 Pasando el tiempo en Hugo's.



De la ciudad, aparte de los jardines botánicos y en general de toda la zona cercana al puente y la ópera, disfrutamos de las calles del centro y del Newtown. Crown y King son las más modernas, cuyos locales no tienen nada que envidiar a los de Barcelona, aunque sí, como comprobaríamos en unos días, a los de Melbourne.


Esquina de King St.
Crown St.
Oxford St.
Desde Crown a Barcelona...
Disfrutando de un delicioso café.
En resumen, Sidney es calidad de vida. Quizás le falte algo de profundidad, pero en una ciudad así, si la buscas lo mejor que puedes hacer es bucear.